El poder de los anunciantes, ahora y siempre
23 agosto 2010
Con todos los cambios televisivos que estamos experimentando, fundamentalmente la fragmentación de las audiencias y la reducción de eficacia de la publicidad, son muchas las cabezas pensantes que se plantean cómo lograr que sus productos se hagan conocidos entre el gran público a través de lo que aún es una de las actividades de ocio más populares.
Entre las posibilidades más comentadas, la del ‘product placement’, una práctica prohibida en algunos paises, tolerada en otros y perfectamente legal y hasta abusada en no pocas ocasiones. Esta práctica, que puede parecer moderna, no es más que una evolución de las más antiguas formas de hacer publicidad en televisión, una práctica que he recordado viendo Mad Men y que lamentablemente ha dejado de ser utilizada y, por las características de la oferta actual, es prácticamente imposible de reproducir.
En aquellos tiempos, las principales agencias de publicidad recibían los guiones de los programas de televisión un tiempo antes de su emisión, por lo que sabían exactamente los valores y acontecimientos con los que interesaba asociar sus productos o bien aquellos que de ninguna manera querrían ver junto a sus clientes.
De esta manera, no solo se buscaban aquellos programas con valores positivos, sino que el simple rechazo de aquellos otros más polémicos, duros o desagradables, provocaba una corriente de “buenismo” en la producción que facilitaba el interés de los clientes por aparecer en determinadas cadenas y programas, financiándolos y creando así un círculo virtuoso.
En qué momento los anunciantes dejaron de preocuparse por los valores que transmitía la televisión y empezaron a preocuparse solo de las audiencias es para mí un misterio, pero parece que con el cambio perdimos todos, quizá no en entretenimiento, pero si en calidad de la producción.
Echamos la culpa de los programas de baja calidad a los espectadores que los demandan y pedimos a las cadenas de forma reiterada que dejen de emitir ciertos contenidos y busquen la calidad por encima de la audiencia a toda costa pero, nos olvidamos de que son los anunciantes los que verdaderamente pueden hacer algo para romper este círculo vicioso, negándose a avalar ciertos programas, renunciando a aparecer como patrocinadores de broncas, montajes o producciones de dudoso gusto.
Este planteamiento suena imposible, pero no descartemos sus posibilidades, al final la publicidad, como tantas otras cosas, es cíclica, y no sería de extrañar que termináramos por volver a las más elementales prácticas para buscar la empatía con el consumidor.
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6 comentarios en “El poder de los anunciantes, ahora y siempre”
1. Por Katia | 23 agosto 2010 - 12:54 pm
Todo muy bien planteado, pero creo que olvidas un punto importante. De seguir las tendencias de antaño, series de televisión como Dexter no habrían visto la luz nunca -dejemos aparte el hecho de que es un serie de cable, aunque eso refuerzo mi punto-, ella y otras no habrían dejado el papel si todos los anunciantes estuvieran preocupados -hipócritamente- por enseñarnos algo. La publicidad es dinero, y la televisión también, por mucho que nos pese.
Ya desde hace años, la tendencia no es culturizar sino vender a toda costa. Los programas basura abundan, pero también los hay de calidad. De lo bueno, poco. Dexter -una serie que hubiese sido satanizada antes- es una oda a la buena televisión que los anunciantes no hubiesen dejado mostrar en televisión abierta.
No toda la seudomoralidad está perdida.
2. Por chicadelatele | 23 agosto 2010 - 1:01 pm
Entiendo lo que comentas y tienes mucha razón, aunque en el caso concreto que expones no estoy del todo segura de que los valores que transmite Dexter sean esencialmente malos. En realidad sus métodos no son los ideales, pero la búsqueda de la justicia en un sistema que no funciona a los ojos del protagonista es definitivamente un valor a tener en cuenta. En cualquier caso, en EE.UU. series como Dexter son emitidas en canales de pago, por lo que podemos pensar que el filtro de los anunciantes sería más o menos exigente en función del país donde se emitan y de acuerdo con la distinta evolución de las sociedades.
3. Por Belen | 23 agosto 2010 - 3:56 pm
No está tan perdida esa práctica, al menos en mi caso. Los que hacemos productos y acuerdos comerciales nos sentamos a 1 metro de distancia de los que llevan el guión de las series nuevas. Otra cosa es que se deje a los de fuera saberlo. Pero para el caso, ¿qué mejor agencia de publicidad que el propio medio y productor?
4. Por chicadelatele | 23 agosto 2010 - 4:00 pm
Y al final serán las propias marcas comerciales las que se conviertan en productoras de contenidos, por la cuenta que les tiene
5. Por Belen | 23 agosto 2010 - 4:02 pm
Uy, quita el “serán” y sustituye por “fueron”, que eso ya lo hicimos hace meses, jejeje. Sobre todo con la nueva ley, hay que ser ingeniosos.
6. Por Warp | 27 agosto 2010 - 1:52 pm
Creo que hay un error en tu planteamiento que también es una respuesta a tu pregunta. En realidad los anunciantes siempre han buscado la audiencia y, más aún, el target comercial. Eso es así desde que Logie Baird emitió la imagen de su muñeco. En los primeros años de la tele la audiencia se concentraba en programas amables y familiares. El espectador americano era una inocente alma cándida que vivía en un sueño idílico de preciosos coches, casas con jardín y amas de casa cocinando pasteles, todo dibujado por el insigne Rockwell. Era el segmento de población que más consumía, en los pujantes Estados Unidos que, salidos de la guerra mundial, veían su economía crecer como un cohete en los 50 y 60. Por eso la publicidad se concentraba en programas para este sector de población, que veían series y programas amables hasta la ñoñería. Con el tiempo perdimos la inocencia y acabamos en una sociedad donde la Esteban cobra 1.500.000 € por decir burradas y un restaurante de Berlín busca gente que done su cuerpo para ofrecer comida caníbal. Esa ferocidad nos ha llevado a lo que tenemos en televisión. Y a devorarnos entre nosotros como zombies. La televisión no transmite valores buenos o malos, simplemente refleja lo que hay alrededor. No crea nada, sólo fagocita lo que hay y lo convierte en parrilla de emisión. Y si estudias el mundo contemporáneo comprobarás que, década a década, la televisión sólo emite lo que pasa alrededor. Los informativos de los 80 sin Internet ni blogs contaban cosas como la prensa de entonces. Hoy son simples recitados de titulares sin ninguna explicación adicional, igual que vemos todo en Internet.